La balearon por la música alta en una fiesta, quedó en silla de ruedas y pide que detengan al que le disparó

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Mira fijo el televisor en blanco y negro, desvencijado, que está a unos metros sobre una heladera. La imagen proyecta, con interferencias, dibujos animados sin sonido. Ella mantiene la vista hacia allí, imperturbable. La llegada de Clarín, con previo aviso, la saca de la rutina y hace el esfuerzo por cambiar el rictus. “Acá vamos, intentando hacerme a la idea de mi nueva realidad, pero me cuesta, me cuesta acostumbrarme, no puedo creer que esto me esté pasando, que será así para siempre”. Cubre su cara con las manos y así se queda varios segundos.

Sandra Lozano (17) llegó hace unos días al Instituto de Rehabilitación Psicofísica (IREP), en Belgrano, donde comparte una amplia sala con unos 20 pacientes. Antes, pasó 50 días internada en el Hospital Penna, donde arribó el 3 de octubre con un balazo en la espalda, en estado crítico.

Sandra había ido con su hermana Sara (21) a un cumpleaños en Barracas, donde un vecino, enfurecido porque la música estaba alta, empezó a disparar desde la calle hacia el interior de la casa. La chica, que estaba bailando de espaldas a la puerta de entrada -la reja estaba cerrada- resultó la más grave entre cinco personas heridas.

Sandra Lozano (17) está internada en un centro de rehabilitación. “Ya me subí cinco veces a la silla de ruedas, me da miedo e inseguridad, pero será mi medio de traslado”.

La bala fracturó la columna vertebral y lesionó la médula ósea de Sandra, que no volverá a caminar. Sara, su inclaudicable y agotada hermana, no la deja sola un instante, y le alcanza agua y le acaricia el pelo. Sandra vuelve a mirar el televisor y respira profundo.

“Es difícil, no sé qué voy a hacer, pero quiero pensar que estaré mejor. Siempre me dijeron que yo era la más fuerte de la familia y siento que me voy a recuperar. Me conozco y confío en mí, pero necesito un poco más de tiempo, todavía tengo una larga recuperación”, desliza con tono bajo pero firme.

Fue un trago “dificilísimo” de digerir cuando en terapia intensiva, en el Hospital Penna, le notificaron el diagnóstico. “Mis padres y mi hermana siempre supieron qué tenía pero no me lo dijeron al principio… Después de despertarme, yo no sentía las piernas y nadie me decía nada. Mi mamá le echaba la culpa a la medicación, mi hermana lo mismo, y me quedé más tranquila. Hasta que una médica junto a una psicóloga me dijeron que me quedaré parapléjica y no lo podía creer. ¿Por qué a mí? ¿Qué hice de malo? Yo siempre fui buena, estudiosa, ayudé a los demás…  ¿Por qué ese señor disparó contra mí?”.

Entre el 4 y el 19 de octubre, Sandra estuvo en coma farmacológico y los partes médicos de aquellos días informaban que corría peligro de vida. “Había perdido mucha sangre, yo recuerdo que cuando le dispararon me tiré arriba de ella y con la mano le intenté tapar el agujero mientras con la otra llamaba a la ambulancia. Era un momento de caos total, todos en el cumpleaños a los gritos y nadie pedía auxilio”, recuerda Sara, estudiante de Medicina en la UBA, aquella noche funesta: “La levanté a mi hermana con un amigo y la llevamos en auto al hospital”.

Sandra Lozano, en primer plano, en el cumpleaños al que asistió la noche del 3 de octubre, poco antes de la tragedia.

Sandra le da la mano a su hermana mayor. “Me salvó la vida, si no era por ella, yo no estaría aquí”, hace saber mientras intenta aguantar el dolor de espalda. “Esa noche la recuerdo bien, hasta que sentí que algo me quemaba el pecho y me tiró al piso. Con Sara habíamos llegado hacía poco -pasada la medianoche- a un cumple del tío de nuestra mejor amiga. En un momento veo a la distancia a un señor enojado, haciendo gestos, pero no le di importancia”. Se trataba de Edson Ortíz Tapia, conocido en el barrio (Villa Zavaleta, Barracas) como El Boli, que testigos aseguraron que había amenazado: “Si no bajan la música amanecen todos muertos“.

Minutos después, Ortíz Tapia, que todavía se encuentra prófugo de la Justicia, disparó varias veces. “Lo recuerdo bien, la primera vez que apareció yo estaba de frente y lo vi, pero cuando volvió yo le daba la espalda y ahí es cuando sentí el impacto. No entendía qué pasaba, sólo la veía a mi hermana, que estaba desesperada, y que me gritaba, me movía la cabeza, pero no me acuerdo qué decía. Y en el viaje en auto hasta el hospital también me cacheteaba para que no me quedara dormida, después hay como un vacío, nada, hasta que me desperté y me dijeron que estuve 15 días en coma”.

Desde la División Homicidios de la Policía de la Ciudad sólo respondieron que “están en una investigación profunda, pero como se trata de un imputado prófugo, nos debemos mantener en absoluta reserva”.

Sandra Lozano (17) junto a su inclaudicable hermana Sara (21). “Me salvó la vida, ella actuó rápido, me tapó la herida y me llevó al hospital”.

Futbolera, hincha de River y jugadora, Sandra habla en presente de su club Libertadores, de San Cristóbal, donde se ha hecho conocida por ser la “pichichi” de su equipo para el que entrenaba cinco veces por semana: “Quiero volver al club y estar con las chicas, alentarlas y volver a tocar una pelota, aunque sea con la mano“. Se interrumpe de golpe, se larga a llorar, una enfermera se acerca y le sostiene la mano. “Acá te vamos a cuidar, sos nuestra bebita”, susurra. Sí, es la más joven de todas. “Cuando me dijeron que no caminaría más, lo primero que pensé es en el fútbol, el club, en mis amigas del equipo. Pero voy a volver como sea”.

La aceptación será el obstáculo más complejo a sortear. “Estuve probando la silla de ruedas, me da un poco de miedo, de inseguridad, pero ya me subí cinco veces y no es pesada, algo pude moverme, creo que podré hacerlo. No sé si me animaré a ir al colegio, no sé si podré aguantar las miradas de todos”. Hay altibajos, silencios, baches, sollozos, quejas. No es un diálogo ni una charla normal, tampoco el lugar invita a un día y vuelta, más allá del esfuerzo y la dedicación de la paciente, que de a ratos se explaya con frases más largas, y otras veces, monosilábicas. 

Sara la alienta y le muestra decenas de mensajes de amigas y compañeras, del colegio y del club, que le envían mucha fuerza por las redes sociales. “Extraño la escuela, a mis compañeros, a los profe, especialmente el de Formación Ética y Ciudadana -se permite una sonrisa pícara-. Esa rutina de la que te quejás, que te cansa, pero si no está enloquecés“, grafica la alumna de cuarto año del Ramón Falcón de Balvanera. “Y me iba bien, todas las materias aprobadas”, destaca.

Sandra Lozano, con el uniforme escolar. El Colegio Ramón Falcón intenta ayudar a la familia promoviendo en redes sociales esta imagen de la alumna.

Claudia Carione, rectora del colegio Falcón, que siempre manifestó preocupación por la salud de Sandra, le dice a este medio que “la institución ahora está haciendo un acompañamiento junto al equipo de trabajo que integran la psicóloga del hospital y la psicopedagoga nuestra para que de a poquito pueda empezar a ponerse al día con las materias. Sandra es una muy buena alumna, que tuvo un buen primer cuatrimestre sin materias pendientes… Ojalá que el año que viene la podamos tener cursando entre nosotros su último año”.

Respecto de si el colegio realizará alguna reforma edilicia para facilitar el traslado de Sandra, Carione afirma que “lo estamos hablando con nuestro representante legal, ya que la escuela no tiene planta baja, toda su actividad se desarrolla desde el primer piso hacia arriba, además de ser un establecimiento de pocos recursos económicos para, en el corto plazo, pensar en ascensores o rampas. Pero buscaremos lo mejor desde nuestras posibilidades para que Sandra se sienta como en su casa”.

Sandra Lozano, con la camiseta del club Libertadores, de San Cristóbal. Amante del fútbol, hincha de River y goleadora.

Estudiosa, Sandra agradece hablar por un rato de otra cosa. Y piensa en su trabajo a futuro, que este episodio no le modificó. “Desde hace varios años estoy convencida de quiero ser odonto-pediatra, profesión que siempre me gustó. Además se lo prometí a mi mamá, que por una cuestión económica no pudo terminar la escuela, por eso nos insistió toda la vida a Sara y a mí para que no sólo estudiemos una carrera sino que la terminemos”. Sara la escucha y su cara emite algo de alivio… la mira con admiración a su hermana.

Segundo Lozano (46) y María Ludmila Ortiz (38), los padres de Sandra y Sara, van a visitar a su hija a última hora, cuando salen de trabajar. “Ellos viven el día a día y llevan la comida a casa con lo que venden cada día; son artesanos, trabajan el cuero y fabrican carteras, billeteras, cinturones. Pobres, están muy mortificados, mi mamá está deshecha, por eso trato de ayudarlos acompañando yo a mi hermana y que ellos puedan trabajar tranquilos”, comenta Sara.

Cuenta Sandra que no ve la hora de volver a su casa del barrio de Once, estar en su pieza, reencontrarse con sus cosas y sobre todo con Lili, su gatita, que estuvo una semana sin comer cuando la joven se encontraba en coma farmacológico. “Volver a casa, estar con mi familia en lo que será mi nueva rutina y abrazar a mi gatita hoy es lo que más me motiva a querer recuperarme. También estar con mis amigas Brisa y Amira, que me vinieron a visitar cuando estaba en el Penna”. Justamente Sara quiere agradecer “el compromiso, entrega y humanidad de los médicos y enfermeros que le salvaron la vida”.

Edson Ortiz Tapia, el imputado prófugo, acusado de disparar contra Sandra Lozano.

Está cansada Sandra, que espera la merienda y luego intentará dormir un rato. En el final de la charla, es la primera vez que se muestra enojada cuando se le comenta que quien le disparó sigue prófugo. “Yo necesito que lo agarren, no puedo creer que siga libre, andando por ahí. Quiero justicia, yo aún en estas condiciones puedo pedir justicia por lo que me hizo, por haber quedado parapléjica, por haberme dañado la vida… sólo pido justicia”.

Sandra​ agarra el celular, que es su cable a tierra, y se zambulle en las redes sociales a chusmear y a contestar algunos mensajes de los tantos que le llueven. También mira videos en YouTube “y si el ánimo me ayuda veo alguna película en Netflix. De a poco intento retomar las cosas que hacía antes, en la otra vida“.

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