Con ojitos de fado

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La nota de pesca de altura, que había insumido casi todo el día, también había concluido fructuosa. Cené temprano en el comedor de aquel hotel sencillo, junto a mi compañero pescador y redactor; un amigo de él, al que conocí ese mismo día; y el guía y capitán del barco, que nos hizo pescar esos salmones, como de un colorido folleto de turismo.

Elegí salir un rato a tomar aire, y el mar, aunque había sido el escenario de toda la jornada, volvió a ejercer sobre mí ese llamamiento siempre irresistible. Claro que, algunas ciudades, originalmente concebidas para el descanso y la recreación de muchas clases sociales, han ido transformando su fisonomía con el paso de las décadas; y hoy resulta un poco arduo transitarlas y escapar de lo que se ha convertido casi en una mueca de hospitalidad y bienvenida.

Caminé por peatonal San Martín en dirección a la Playa Popular, pero al llegar a La Rambla, unos acordes para mí conocidos, lograron acortarme los pasos hasta que me detuve; entonces, una vez más, comprobé que aún de entre los rostros sombríos, que no pueden abandonar su rictus por el mero hecho de estar de vacaciones, puede surgir algo inesperado, fugaz, y que lo cambie todo.

Dos músicos curtidos, de voces ya desgarradas por la salada bruma de la noche, pero de afinación incuestionable y color expresivo, cambiaban por monedas su arte de soltar al aire notas, que un puñado de paseantes parecía atender, aunque aportando muy poco entusiasmo.

En su vestido liviano de color aguamarina, dio tres saltitos descalza, surgió del gentío y quedó definida. Pareció disponerse a bailar sola, como una Telesita, pero en esta versión, con aroma salobre, de arena, espuma y vida. Alzó lentamente sus brazos y desplegó sus manos; sus manos que eran tan blancas como gaviotas blancas; y que con los primeros acordes de aquella zamba inolvidable, volaron y se posaron, graciosamente en el aire.

Enseguida llegó él, y soltó su bicicleta que alguna vez brilló y fue de color rojo, solo tumbándola sobre la penumbrosa pared de la recova. Parecía estar volviendo de su lugar de trabajo, de andamios desvencijados y riesgos a diario; y sacando del bolsillo pequeño de su camisa de cuadros un pañuelo arrugado, se acercó hasta ella con andar varonil, sobrio, y decidido. Su mirada fatigada pareció iluminarse al coincidir en el espacio con los ojos de ella. Desde que descargó sus ojos en los de ella ya no volvió a soltarla; en esa media vuelta de ocho pasos, se encontraron dos almas; y el viento de la noche, envolviendo sus cuerpos, se inundó de hermosura.

Las frías luminarias de la costa proyectaban sus sombras cruzadas sobre el suelo; y en un arresto simple, de 16 compases, se cruzaron y fundieron, concretando esa unión que se anunciaba imperiosa.

Él, bailarín elegante, de cabello mojado, espeso y azabache; de piernas vigorosas y pisada exquisita, se floreaba señalando los bordes de una huella, que ella iba encontrando, aunque desconocía. Ella lo recibía, y luego retrocedía, amándolo y desamándolo, con inquietante intermitencia. La amplitud de sus caderas, como de fértil hembra; la redondez fibrosa de sus piernas desnudas, rematadas en pequeños piecitos alados, y en su grácil postura. Tuve la sensación de que entre su día de playa y esa confluencia, no había experimentado reposo alguno, ni agua dulce, ni cambio de una prenda, ni rendición de cuentas. Todo eso la hacía aún más salvaje, y esta condición más inasible. Su rostro pequeño y de piel fina, una vena azul que cruzando su frente se translucía, como un pequeño río de dolor, abultado de sangre convocada en estribillos. En su cuerpo, un instante inmaterial y el siguiente rotundo, resignificaba cada verso de la zamba que bailaba, como si se hubiera tratado de un género aún más quejumbroso que este baile tan nuestro.

“Baila desde sus entrañas”-pensé-, mientras yo percibía en ella un viso casi gitano, tratando de interpretar sus “ojitos de fado”.

Los hombres de la guitarra y el del bombo legüero, no eran indiferentes a lo que sucedía; y como cómplices y testigos del amoroso encuentro, proyectaron sus voces con deleite y fruición, porque eran celebrados, en su arte callejero. En un primer momento pensé instintivamente en guardar registro de ello; rocé mi cámara, que llevaba colgada en bandolera, pero pronto desistí; porque ellos estaban solos, rodeados de personas, pero solos; y ni por puro afán profesional, yo iba a  entrometerme.

Final y coronación, y él la abarcó en su pañuelo; sostenidamente se vieron a los ojos, y no se reclamaron nada. Retornaron de un sueño que soñaron juntos; se solazaron de

haberlo atravesado, y más tarde la angustia de un final los despertó.

Ella, recuperó presurosa su mochila y sus sandalias de cuero repujado color suela; y él, serenamente, su vieja bicicleta. En direcciones distintas se perdieron en la noche, mientras el rumor del mar, opacado por el ruido perpetuo del tránsito, también se desvaneció. “En estos viajes estamos muy solos” –musité-.

Encendí un cigarrillo, en ese acto que, en alguna época de mi vida, parecía mitigarlo todo; y desandando mis pasos, retorné hasta el hospedaje, sin haber llegado a ver el mar, porque, la música y la danza, me habían resultado suficiente refugio. Intentar esa noche otra forma de alivio, hubiera significado caer en un conjuro.

por Juan Ferrari

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