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Mundos íntimos. Haber sido abusada durante tanto tiempo a veces me hace pensar que ya es tarde para todo

Una lata de chupetines Chupa Chups. Ese fue el primer regalo que me hizo. Coronado de erectos misiles multicolores, ahí estaba ese objeto extrañamente aparecido sobre el escritorio de mi cuarto.

-¿Y esto, ma?

​-Te lo manda un amigo mío. ¡Ya lo vas a conocer!

Pasó a buscarnos en su camioneta negra. Yo me senté adelante, en el medio entre ella y él.

Imagen de Melina Varnavoglou. Esta foto se la sacó la pareja de su madre, el hombre que la forzó a menudo durante su adolescencia. Acá tenía 13. Él, 44 años mayor, ejercía un poder complejo. Melina señala que en medio de todo pudo mantener una escritura propia que la ayudó en momentos difíciles.

-¿Te terminaste todos los chupetines ya? -deslizó con una mirada dulcísima al verme por primera vez. Cuando mi papá me indagaba sobre si mi mamá ya salía con otro yo le respondía que sí, pero que era “como un fantasma”. Que no sabía cuándo venía y cuándo se iba, cuándo estaba o no en la casa.

A pesar de saber su nombre completo y tener anotado en algún cuaderno su DNI de las veces que atisbé iniciar la denuncia, de poder recordar su voz y fragmentariamente aún ciertas partes de su cuerpo; sigo teniendo aún esa misma sensación fantasmal que me hace preguntarme si en verdad existió o son los hilos que quedaron de su gran demiurgia, sombras que mi cerebro sigue proyectando contra el cráneo.

Sé que cuando mis padres se separaron yo acababa de cumplir 8 años. ¿Pero él? Jamás hice este cálculo. Nació como mi papá en 1948. Ahora tiene 73 años. 73 años – 29 años (míos) = 44 años de diferencia. Al momento de conocernos él tenía entonces 52 años.

Pero empecemos por el dónde. La mayoría de los abusos ocurren en nuestras casas familiares. En mi casa había cucarachas. Muchas, durante el verano incontrolables. Mientras buscaba un lugar a dónde irse, mi viejo vivió durante varios meses en el sótano. Ahí dormía, comía, veía la televisión. Una de las noches que pasé a visitarlo, apareció una cucaracha por debajo de su almohada. Yo salté del susto, él se rio exageradamente como suele hacer cuando algo lo avergüenza demasiado. Una vez en la escuela abrí mi carpeta y salió disparada una cucaracha en medio de la clase. Ante el asco de mis compañerxs, yo solté esa misma vergonzante risotada.

Luego de hacerle un préstamo importante para su divorcio, aquel amigo de mi madre decidió mudarse con nosotras. De lo primero que se encargó fue de las cucarachas. Todas las semanas traía una solución distinta: cucatraps, raid y un líquido que las pegoteaba hasta la asfixia. Yo lo ayudaba a colocarlas por las noches, cuando mi mamá se iba a dormir. Ya no más cucarachas de la vergüenza. Mi viejo y su depresión, exterminadas.

Él había decidido también planificar nuestra economía, así que decidió que dejáramos de gastar plata en una empleada doméstica. Ella trabajaba todo el día, pero él no, podía cuidarme. Pero a cambio de esto durante el fin de semana había que limpiar. Así fue que aprendí a cocinar, a planchar sus camisas, a baldear la vereda, “son cosas básicas que tenés que saber hacer”. Recuerdo la pila infinita de platos, los restos de comida de varios días sellándolos unos con otros. Cuando terminaba de lavar me decía que no los guardara, así mi mamá al verlos se ponía contenta.

Tarde muy poco en encariñarme con él, era inteligente pero muy divertido. En todo lo que mi mamá me impedía hacer, encontraba en él un aliado para poder convencerla. Fue así que pocos años después, yo ya tenía llave de casa y salía sola. Pero al poco tiempo las reglas cambiaron. “La calle estaba muy peligrosa” y yo “ya no parecía una nena”. A mis amigas ya las dejaban ir a bailar, y a mí, que antes me hacia la canchera, me habían prohibido salir hasta a los cumpleaños. Un abrupto desfasaje. Empecé a quedarme afuera de las conversaciones, a sentirme incómoda y recluirme. Recuperar esas libertades que me había hecho probar tendría un costo.

Era la segunda vez que íbamos a su casa de Villa Gesell. A mi mamá todavía le quedaba una guardia del hospital, así que nos dijo que vayamos nosotros solos. Recuerdo saludarla como si estuviera por cometer una travesura. Subirme a la camioneta con una sonrisa, no terminar de sacarme la mochila para besarlo. Al pasar por un peaje, la boletera nos lanzó una mirada extraña, curiosa. Cómo dije nos llevábamos más de cuarenta años de diferencia. Y aún así durante mucho tiempo pensé que nuestra relación, aunque yo fuera menor de edad, era consentida. Pendía de su magnánima promesa: esto era una experiencia “que me iba a preparar para el resto de la vida”.

Ya en la ruta, frenamos un rato y empezó a tocarme, hasta que me le subí encima. Después me corrió para poder arrancar de nuevo y me metió el freno de mano entre las piernas. Comía galletitas de agua sin parar y cambiaba la estación de radio hasta que una canción me gustara. Dejaba las que notaba que le gustaban a él. Contó que su madre también pensaba visitarnos en algún momento de las vacaciones. La mía, mañana. Aún teníamos tiempo. Sin madres, lo primero que hicimos al llegar fue emborracharnos. Recuerdo el retrato lánguido de mujer que decoraba la botella de New Age, un atardecer nublado, un carraspeo ácido, recuerdo el sonido de los pájaros atrapados dentro de esa casa de madera, el aire acabándose como en el abrazo de una boa constrictor, recuerdo mi risa y mi cuerpo de muñeca de trapo colgando de su cadera, mis pies bamboleando por las escaleras apenas rozando los escalones. La mujer de la botella de New Age tenía el pelo rojo, la mirada triste y estaba encerrada en una botella.

Las violaciones ocurren siempre de manera extraña, en realidad la mayoría de ellas si se contaran tal cual cómo sucedieron no serían creídas por tales. Porque una siempre dio gestos ambiguos antes, dijo que si, que no, que sí, que bueno, que hasta ahí; pero yo no di ningún gesto ambiguo. Yo me resistí lo más que pude en la cama cucheta y una vez que no pude evitarlo más y para que esa noche que ya no parecía tan divertida por fin terminara, cogí. Sólo que al otro día no tenía la menor idea de qué había pasado. Cuando mi mamá llegó lo único que notó fue un colchón que estaba puesto a secar en el jardín. Él le explicó que otra vez yo me había vuelto a hacer pis en la cama. La mancha ocre de vómito era tan fresca como confusa. “Ah, ¡no te puedo creer! Que después no diga que ya tiene edad para ir a bailar entonces”, dijo y se puso a preparar el almuerzo para llevar a la playa.

Aún después de saberlo, ella siguió actuando como si tuviera una venda en los ojos. Solo que la venda era transparente. No la juzgo, ninguna cosa se puede conocer mirándola directamente.

Hablando de una película que mezcla imágenes documentales con imágenes ficticias de los campos de concentración, Harun Farocki comenta: “esto podría significar que existen imágenes de las cámaras de gas cuando todavía estaban en uso. Las SS habrían filmado o hecho que alguien filmara esas escenas. Pero esas tomas nunca existieron. Jamás las ha visto nadie. Es decir que este montaje solo es una reconstrucción”. Los que vieron las cámaras de gas fueron los que morían y sus victimarios.

Esta foto la sacó él durante aquel verano. La forma de mi cuerpo refleja el exacto frágil umbral entre la infancia y la adolescencia, legalmente 13 años. La remera batik me la había comprado en una feria y sobre el pecho tengo un collar de macramé con una chala de marihuana. Escuchaba Janis Joplin, Led Zepellin. El gesto de mi mano ciñendo la pollera puede indicar que yo sabía que me estaba sacando la foto. Pero quizás simplemente la agarraba para que no se volara con el viento. En otras de más grande, aparezco en bikini, la piel bronceada, un cuerpo casi escultórico, hipersexual. Ella se sorprendía de que caminara así por la playa, sacando el poco culo y tetas que tenía, mirando con deseo. En un restaurant, él me vio mirando con esa mirada a un chico. Me dijo que no haga eso, que si miraba daba a entender “que quería”. En esta foto mi cara no se ve.

El terror erotiza sus objetos. Volviéndolos deseables en la misma manera que temibles. Él tenía un arma, pero nunca me amenazó con ella. Simplemente me la mostró, la lustraba, me contaba cuánto le había salido. Decía que la había comprado para protegernos de la delincuencia. Hace poco me preguntaron si yo estaba enamorada de él. Celebro esa pregunta que rara vez alguien se anima a hacer. Claro que lo estaba. Pero sin nunca dejar de tenerle miedo. Como dice Sylvia Plath “Toda chica ama a un fascista”.

Cuando llegó la propuesta para escribir esta nota, estaba pasando unos días en la playa con amigas. Nuestro plan era relajarnos, pero no podíamos parar de hablar. Casi todas habían pasado por abusos. Más de una vez, encerradas en el cuarto de una fiesta, en la calle por un desconocido, con uno de sus primeros novios. Les pregunté si habían visto una película que daban en ISAT. “Kids”de Larry Clark. Un chico lleva a la novia a una fiesta para que tengan ahí su primera vez. La escena es decepcionante: él acabando rápido, ella totalmente drogada, todo sin forro. Luego un amigo le pregunta si se la puede coger también y él le dice que sí. La viola mientras está dormida. En la próxima escena la chica va a realizarse un test de VIH y le da positivo. “Esto es lo que te va a pasar si estás con esos hippies drogones que te gustan a vos”, me amenazó él apuntando la pantalla.

Tanto no se equivocaba: el despertar sexual y la cultura de la violación eran mucho menos discernibles en la época en la que éramos adolescentes. “Yo no te violo, yo te enseño a coger. Ellos como no saben coger, te van a violar”. Estudiar filosofía me permitió identificar el supuesto que este razonamiento escondía: la sexualidad era algo que yo debía recibir de otro, no hacer con alguien.

Desde los raptos de Zeus al matrimonio, esta es la lógica que estuvo a la base de nuestra cultura sexual. Por eso y contrariamente a lo que suele pensarse, más que con la perversidad, yo creo que el abuso se relaciona con la represión. Porque fija un estrecho imaginario, donde el sexo es inmutable. A prueba de errores y de preguntas. A prueba de que lo cambiemos. Un lugar donde se les enseña a las niñas que su obligación es limpiar la casa. Que si quedan embarazadas, no pueden abortar. Que no pueden mirar con deseo. Que no pueden bailar.

No es casual que se metan en este terreno. Como ya en los 70 defendía Néstor Perlongher junto a sus compañerxs del Frente de Liberación Homosexual, la infancia “muestra la variedad de impulsos de todo tipo y en este sentido, es el rostro más auténtico de la vida”.

Haber sido abusada durante tanto tiempo a veces me hace pensar que ya es tarde para todo. Es un sentimiento en común con muchxs sobrevivientes. Reconstruirnos lleva años, décadas. Pero en realidad el que llegó tarde es él. Porque antes de conocerlo, yo ya escribía.

Unos días antes de irse mi papá me regaló una computadora. La instaló ahí, en el sótano. De algún modo escribir ahí me hacía sentir tranquila, pero no exactamente a salvo. Seguro las hubo, pero no recuerdo violaciones en ese espacio. Sí recuerdo algunos textos.

En el primer taller literario al que fui una de las consignas fue hacer un diario de viaje. Tras el asesinato de su madre, una chica emprende una expedición en barco. Tenía que imprimirlo y eran varias páginas. A lo que él comentó que para qué hacía eso, otro gasto innecesario. Mi madre por primera vez se opuso. Dijo: “No. Para ella es importante” y mandó a imprimir. Defender mi escritura más que a mí. Ese cuerpo. Ese cuerpo del que ahora puedo entrar y salir en éxtasis, puesta en jaque, temblando, dudosa. Como en el sexo. Fue lo único en lo que no pudo meterse, lo que permaneció intacto fue escribir. Y la escritura es el único lugar donde, como cuando somos adolescentes, pareciera que podemos cambiar algo con nuestras propias manos. Foucault dice que se escribe “para perder el rostro”. Yo escribo para recuperar ese rostro más auténtico de la vida.

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Melina Alexia Varnavoglou. Para salir de su casa primero vendió juguetes, después libros. Desde entonces sus casas fueron las librerías en las que trabajó y las convivencias colectivas. Uno de sus pensadores de cabecera es Kant porque, como una amiga le dijo, es el filósofo de los límites y a ella que no pudo aprenderlos primero por sí misma, le cuestan. Cree que una de las mejores formas de filosofar es con poesía. Su primer poemario publicado se llama “Por mano propia”. Esta nota se enmarca en el proceso de escritura de “Jorgito”, una novela surgida del ejercicio de reescribir “Lolita” de Vladimir Nabokov. En instagram es @fakesusansontag.

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