Jean-Louis Trintignant, un magnífico intérprete marcado por la tragedia

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Ya en la última década Jean-Louis Trintignant se había alejado del mundanal ruido en sus viñedos cerca de Nimes y después de su última aparición en el Festival de Cannes (2017) presentando su película Happy End, vivía recluido en su casa. En julio de 2018 fue terminante y terminal, como su enfermedad: “Ya no lucho contra mi cáncer de próstata. Dejo que las cosas pasen. Después de todo hace 15 años que estoy muerto”.

No hacía falta aclararlo: con ese “estar muerto” se refería al asesinato de su hija Marie en 2003. Vaya tragedia la de este hombre: despedirse en vida de la vida.

En esa bodega de la vejez, Trintignant producía, como su abuelo, 20.000 botellas de un Côtes-du-Rhòne llamado Rouge Garance, que se vendían en la zona y que especialmente consumía con amigos. Es fácil imaginárselo a Jean-Louis Trintignant contemplando con melancolía esos íntimos viñedos con el rostro arrugado y serio que, aún en la vejez, tenía el misterio de aquellos que se codearon con la locura, la fama y la tragedia, y aún seguían en pie.

Pintón, en una fotografía de 1980. Foto AFP

En 2013 dijo en una de las pocas entrevistas que concedió: “No bebo mucho, pero sí todos los días. Por lo general, la sociedad permite que los artistas seamos un poco drogadictos o un poco alcohólicos. Y además, soy un hombre triste, nunca fui demasiado alegre. No hay un gran artista que no haya sabido hablar de la muerte. Miren a Brassens, Brel, Ferré… ¡Por esa razón prefiero Shakespeare a Moliere!”.

Seguramente los fantasmas de su pequeña hija muerta a los nueve meses y su otra hija Marie, asesinada en 2003 a los 41 años, circulaban por ese retiro crepuscular y por las esporádicas presentaciones teatrales que Trintignant hizo en Francia y en el mundo recitando poesías de Jacques Prevert, Guillaume Apollinaire, Louis Aragón o el poderoso monólogo de Potestad, la obra teatral del argentino Tato Pavlovsky que Trintignant representó en Los Angeles en el ’92 y que refiere la historia de un hombre desesperado y siniestro que ha perdido su hija.

Esa ambigüedad moral, esa mezcla de personaje reservado que podía ser a la vez un canalla fue el sello de algunas de las mejores interpretaciones de Trintignant en el cine y en el teatro.

Sus comienzos

Junto a Anouk Aimée en una escena del clásico de Lelouch, “Un hombre y una mujer”. Foto Archivo Clarín

Sus comienzos fueron otros. El pequeño Jean Louis (1930, Vaucluse) se crió en una rica familia francesa de provincia, con famosos tíos corredores de autos, educación severa y buenos modales. Rompió el molde tras fervorosas lecturas de poetas e intelectuales franceses: dejó abogacía y se dedicó a la actuación. En el ’51, con un debut teatral en París, en el ’55 con un filme olvidable y en el 56 con Y Dios creó a la mujer, dirigida por un desconocido Roger Vadim y otra rubia desconocida y sensual que rajaba la tierra: Brigitte Bardot.

Allí nació la leyenda de Bardot, pero también la fulgurante visibilidad de Trintignant. Ya nada fue igual para este tímido e introvertido jovencito de clase media adinerada: entre los ’50 y ’80 hizo más de 100 películas con los mejores directores de Francia e Italia y su figura se globalizó definitivamente en el ’66, cuando protagonizó con Anouk Aimee Un hombre y una mujer.

El 12 de mayo de 1986 sonríe con Anouk Aimée en el Festival de Cannes, a 20 años del estreno de “Un hombre y una mujer”. Foto AFP

La película de Claude Lelouch, historia de un romance agridulce plagado de buenas canciones, promovió a una de las mejores parejas que dio el cine de todos los tiempos: Aimee y Trintignant.

Los antihéroes

Si el fogoso romance que tuvo Trintignant con la Bardot durante la filmación de Y Dios… en el ’56 le dio una exposición que seguramente no quería, los tres años en el servicio militar obligatorio en Argelia hasta el ’59 fueron un escape necesario. Volvió con todo. A la par de filmes y personajes menos comprometidos, en los años siguientes Trintignant se arriesgó con papeles más complejos que resultan insoslayables en la historia del cine.

El joven con un aire de tímido-inteligente que protagoniza su aventura iniciática junto a Vittorio Gassman en Il Sorpasso (Dino Risi, 1962). El seductor arquitecto que participa en un oscuro triángulo amoroso en Las ciervas (Claude Chabrol, 1968). El pistolero mudo y letal llamado Silencio en el excelente spaghetti western El gran silencio (Sergio Corbucci, 1968). El honestísimo juez de instrucción en la politizada Z (Costa Gavras, 1969). El pusilánime Clérici que, para escapar de sus traumas e insertarse en la sociedad, se hace fascista y traidor en El conformista (Luchino Visconti, 1970). El juez que espía las conversaciones de sus vecinos en Rojo (Krzysztof Kieslowski, 1994). O el anciano sumergido en la tragedia tras la enfermedad de su esposa en Amour (Michael Haneke, 2012).

Trintignant habla, y Michael Haneke lo escucha en el Palais des Festivals. “Amour” acaba de obtener la Palma de Oro en Cannes, en 2012. Foto AP

La lista es escandalosamente incompleta. Trintignant fue un actor que simulaba ser -muy bien- un buen tipo o un traidor o un crápula o un miedoso o un cínico, con un rostro que aparentaba no decir nada, pero decía todo. Ese rasgo de actor indefinible de hermosas facciones, mirada escudriñadora y una voz monocorde que sonaba como un violonchelo pero sugería a la vez dolores y tormentas, fue el sello que lo distinguió.

“Un actor nunca debe juzgar a su personaje. Yo defenderé hasta los más monstruosos ya que, para un actor, los personajes complejos, retorcidos y llenos de aristas son más interesantes; los héroes no me interesan”, dijo en una entrevista en 2000.

En otra charla –ya tenía 74 años y se había alejado del cine– también dijo que se consideraba simplemente un actor honesto, “lejos de toda exageración”, que le interesaban más el teatro y el vino que el cine, y que la energía que le quedaba iba a volcarla en los escenarios.

“Adoro el cine, pero no pienso hacerlo más -confesó-. Cuando estoy sobre el escenario con 300 personas enfrente tengo que intentar por todos los medios estar con cada una de ellas, y eso es apasionante”. También habló de su tragedia: “Recitar los versos de Apollinaire, que años atrás había recitado con mi hija Marie, se han convertido en el bálsamo que cura un poco mis heridas. En alguna época le rendí culto a la locura y pienso que he pasado gran parte de mi vida destruyéndome, poniendo fin a amores y amistades por negarme al confort”.

La lección del maestro

Michael Haneke, con Emmanuelle Riva y Jean-Louis Trintignant en el set de “Amour”, un filme sobre una pareja mayor. Foto Archivo Clarín

La de Trintignant fue una tragedia tupida. Estaban las marcas que dejaron los tres años de la guerra de Argelia (1956-1959), la muerte de su hija Pauline a los 9 meses (1969), el asesinato de su querida hija actriz Marie (2003), un accidente automovilístico que le dejó secuelas (2007) y un cáncer que él mismo anunció en el Festival de Cannes (2017).

Afrontó esas calamidades con un estoicismo casi animal, especialmente junto a la que fue su segunda esposa, Nadine Marquand, directora de cine, con quien se casó en el ’60 y tuvo tres hijos (Marie, Pauline y Vincent). Antes se había casado con Stefanie Audran y, luego de su separación con Nadine en el ’76, se casó con la corredora de autos profesional Marianne Hoepfner.

La muerte de las dos hijas que tuvo con Nadine Trintignant (una buena directora que firmó sus películas con ese apellido) lo sumergió en una pudorosa reserva que lo alejó bastante del cine a partir de los ’80 y se agudizó desde el 2000. No hay en la historia del cine actores famosos que lucieran -auténticamente, como una elección y una forma de vida- tan indiferentes al estrellato como Jean-Louis Trintignant y tan alejados de la trivialidad.

Cuando ya se daba por terminada su carrera en el cine, en el 2012 protagonizó Amor, junto a Emmanuelle Riva, que le valió el Premio del Cine Europeo y el Premio César al mejor actor. En el 2017 actúo en Happy End (también de Haneke), presentada en Cannes sin pena ni gloria.

En el Festival de Cannes de 2017, Trintignant informó que padecía de cáncer. Foto Reuters

Considerado como parte de la generación de Jean-Paul Belmondo, Alain Delon y Philippe Noiret, en el nuevo milenio Trintignant se dedicó casi exclusivamente al teatro (estuvo diez años sin filmar). Fueron puestas en escenas despojadas en distintos países en las que Trintignant recitaba textos de Aragón y otros poetas acompañado a veces solo por un acordeonista.

Las opiniones coinciden en que esas presentaciones eran verdaderas lecciones de actuación y de entrega. El crítico español Javier Vallejo lo explicó muy bien en una nota del 2006: “¡Qué sencillo! Las palabras que un hombre dejó, y una voz, la de Jean-Louis Trintignant, sentado al escritorio. A su derecha, dos músicos. Nada más. El gran actor recita una veintena de poemas de Guillaume Apollinaire con una voz tallada por la experiencia, plena. Los dice llana y elegantemente, con reposo y emoción. No los ilustra, ni los interpreta. Extrae su música. Es un médium: sale a escena para materializarlos. Él desaparece. No hace un movimiento de más, no gesticula: pasa las páginas del poemario, baja los brazos de vez en cuando para que no se le anquilosen, y los vuelve a apoyar en la mesa. Eso es todo.”

Hasta el último adiós, el actor Trintignant supo desaparecer en el cine y en el teatro detrás de sus personajes y hacerlos sugerentes, creíbles, conmovedores. Hizo algo parecido en su vida personal: lejos de la trivialidad, se refugió en sus viñedos de Nimes. Él mismo lo dijo alguna vez: hizo ambas cosas como una forma de exorcizar la locura y la muerte. Hasta esta mañana.

La muerte de su hija Marie

Marie Trintignant, que murió el 1° de agosto de 2003. Foto EFE

Marie muere el 1° de agosto de 2003 a los 41 años, tras agonizar cinco días por una golpiza que le propinó su pareja y que fue la peor tragedia que le tocó vivir a Jean-Louis Trintignant. Hija de su matrimonio con Nadine Trintignant, Marie era una estupenda actriz que había protagonizado más de 40 filmes, obras en TV y teatro, y había sido nominada al Premio César como mejor actriz en cinco oportunidades. Se casó una vez y tuvo cuatro hijos (uno con su esposo y tres con otras parejas).

El asesino fue su novio Bertrand Cantat, líder de una banda de rock Noir Désir, que tras una escena de celos la golpeó 19 veces en el rostro y la cabeza en el cuarto de hotel en que se alojaban en Lituania, donde ella estaba filmando para la TV una serie Colette, une femme libre, dirigida por su madre, Nadine Trintignant.

Se sabe que esa noche, cuando Marie cayó inerte sobre el piso, Bertrand la levantó y la puso sobre la cama. Marie seguía inmóvil, pero él no pidió ayuda hasta 5 horas después de la paliza. Demasiado tarde: Marie ya estaba en un coma profundo del que no regresó.

Bertrand Cantat, que asesinó a Marie. Foto AP

Cantat fue condenado a ocho años de prisión en Lituania y luego trasladado a una cárcel francesa. Salió en libertad condicional por buena conducta en 2007. Al tiempo volvió con su exmujer, Kristina Rady, quien se suicidó poco después. La muerte de Marie Trintignant sacudió a la sociedad francesa y puso en primer plano el tema de la violencia contra las mujeres (Cantat estuvo menos de 4 años en prisión).

Su entierro en el cementerio Pere-Lachaise el 6 de agosto de 2003 con una Nadine escondida tras sus anteojos negros y un Jean-Louis desfigurado por la pena fue conmovedor. Militantes de la red “Feministes Encore!” enarbolaron la bandera blanca contra la violencia machista.

Si ya el actor había declarado que tenía una personalidad triste y melancólica, la muerte de la hija con la que había compartido trabajado en varios filmes fue devastadora. “Nunca fui más dichoso que estando en compañía de Marie. Cuando murió, hubiese podido detener mi vida en ese momento”, confesó Trintignant. La madre Nadine publicó en 2003 un libro tierno y terrible (Mi hija Marie) en el que se adjudica parte de la responsabilidad por no haber podido ver lo que pasaba con la nueva pareja de su hija, a la que llamó asesino.

En 2011, Jean-Louis se negó a participar en el Festival de Avignon en el que también se iba a presentar Cantat. “Me produce náuseas que el asesino de mi hija sea ovacionado como un gran artista. No puedo ponerme a decir poemas en un festival donde también se ovaciona al hombre que mató a mi hija. No comprendo que ese hombre pueda presentarse en una escena teatral y ser ovacionado. Todo me parece una mierda, me da náuseas”, dijo.

*Juan Bedoian, periodista de Clarín autor de esta semblanza, falleció en noviembre de 2021. 

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