Mundos íntimos. Mamá hizo siempre lo que le dio la gana. Cuando enfermó, murió naturalmente, como ella quiso

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El sol estaba poniéndose en tu ventana cuando llegué a tu casa, a tu habitación y me senté a tu lado. Me miraste con tu mirada buena. Hablamos. Recordamos. Aquella tarde de verano cuando llenaste el patio de agua y nos pusimos a chapotear. Eras la madre, pero jugabas como una niña más. Cuando las cosas se ponían difíciles te sentabas al piano. Decías que la música ahuyentaba la mala suerte. Te quedaste dormida. “Para Elisa “se ocupaba de traer la calma. Adorabas tu piano. Pero aquel verano no teníamos dinero para ir de vacaciones. Una tarde cuando regresé a casa me dijiste que preparase mis cosas. Al día siguiente nos íbamos a Mar del Plata. Con la alegría anticipada de la playa, me fui a mi habitación. Al pasar por la sala sentí una ausencia, vi una sombra desteñida en la pared. El fantasma del piano que ya no estaba. Te miré. Dijiste: un piano es un piano, pero catorce años se tienen sólo una vez en la vida. Nunca volviste a tocar el piano ni a hablar del asunto, te desprendiste de él como si nunca te hubiera interesado.

Yo estaba estudiando para un examen cuando llegaste de la calle. Al verte, entendí la expresión “con los pelos de punta”. Acababas de descubrir que papá tenía otra familia. Escuché la catarata de tu indignación, la pena vendría después. Dije: mamá, estaba cantado. En pocos segundos tu mente pasó revista a todos los indicios, a todas las pistas y señales que apuntaban a esto que ahora era una evidencia. Una sombra atravesó tu rostro para iluminarse con una certeza: no habías querido verlo. Te volviste, fuiste a tu habitación, llenaste dos valijas con las cosas de él y se las enviaste a su otro domicilio, dejando en claro que, desde ese momento, sería el único. Pasaste el resto del día encerrada en tu cuarto, sin un movimiento, sin un sonido, pero yo sabía que estabas llorando en secreto por alguien que no lo merecía y no tenías el consuelo del piano. Ustedes habían sido la pareja de oro, jóvenes, profesionales, inteligentes y divertidos. Nadie se explicaba cómo ese amor había venido a estrellarse de una manera tan poco glamorosa. Emergiste como si nada y me propusiste ir al cine, acababan de estrenar “El espía que regresó del frío”. En la oscuridad de la sala semivacía disfrutamos la performance de Richard Burton. Algunas de tus amigas decían que papá se parecía a Burton, pero no creo que fuera por eso que elegiste la película. Fuimos a cenar al Río Bamba. Pedimos una copa de champagne, yo una Coca Cola, y los platos. Te pregunté si querías hablar del asunto. Respondiste: hablemos de la película. Estabas encantada con la secuencia de escenas que evidenciaban los distintos estratos de poder de la KGB. La película, como la novela, es una historia de traiciones, el único que permanece leal es Alec Lemas, un impostor que posa de desertor, concluiste. Entonces entendí por qué la habías elegido, estabas tratando de comprender la traición que acababas de sufrir y, como era habitual, buscabas las explicaciones en el arte. Hay más verdad en una frase de Shakespeare -decías- que en todos los discursos del mundo.

Juntos. El autor, Ernesto Mallo, y su madre. Cuando él se casó, ella le dijo que era demasiado pronto.

Abriste los ojos, tenías sed. Te traje un vaso de agua. Lo miraste con desprecio y dijiste: mirá bien. Volví con una copa de champagne. Sonreíste. La verdadera igualdad se alcanzará cuando todo el mundo pueda cenar con champagne, sentenciaste, bebiste y volviste a cerrar los ojos.

Como a los veinte me hice hippy. Querías experimentar con la marihuana. Fumamos juntos escuchando Pink Floyd, nos reímos como descosidos toda la tarde. Días después dijiste que la hierba era tontamente divertida. Que hacer el tonto estaba bien muy de vez en cuando, pero sistemáticamente era una ruina. No volviste a probarla, pero la música te gustó y fuiste adquiriendo uno tras otros todos los discos de la banda. Esas poesías entraron a formar parte de tu universo literario, nadie de tu generación entendió que Roger Waters se codeara en tus anaqueles con Whitman y Borges.

Poco después te dije que iba a casarme. Tan joven -comentaste- supongo que cada uno es libre de meterse en la jaula que quiera, siempre podrás contar con que te lleve cigarrillos a la prisión -hubo en tu voz una casi imperceptible nota de tristeza, tan fugaz que pareció no haber existido. Con el nacimiento de mi primera hija, llegué a la conclusión de que no era este el mundo que quería dejarle y entendí que la política era el único medio para cambiarlo. Mi generación se preparaba para la toma del poder. No dejes que te maten -me dijiste con auténtica preocupación. Obedecí, en cinco años de militancia contra la dictadura más cruel de la historia, no lograron ponerme la mano encima. Siempre creí que, de alguna manera, me acompañaba tu mano protectora. Años después me dijiste que pasaste ese tiempo sufriendo por la lentitud con que transcurría la época. Ya no te burlabas de los militares, esos tipos que saludan todo lo que se mueve y pintan todo lo que está quieto, también hacían otras cosas.

Envejeciste muy lentamente, tu corazón siempre fue más joven que el mío. Si nos encontrábamos a algún conocido por la calle que se sorprendía de que tuvieras un hijo tan mayor, decías con toda soltura que era hijo de tu marido. Siempre te quitaste años, eras de una coquetería impenitente, pero, cuando envejeciste de verdad, comenzaste a agregártelos. Ahora eras como una muñeca antigua, reducida y digna, sin perder el gusto por citar a los grandes autores, a los grandes pensadores.

Ya está todo dicho -sostenías cuando veías flaquear mi vocación- los antiguos lo dijeron todo, pero nadie lo dijo como lo dirás vos. Sólo vos sos el testigo de tu vida. El que sabe todos tus secretos. El que va a revelarlos, pero en clave para que nadie tenga la certeza de tu pasar y de tu pesar. Una madre no le habla así a su hijo, sólo una artista puede hablarle de ese modo a otro artista. Hoy comprendo que me estabas entrenando y me pregunto si sabrías que lo estabas haciendo.

Una mañana te encontré leyendo, te pregunté qué era. Acá con un canto a la alegría, dijiste y me enseñaste la tapa del libro: “Sobre la muerte y los moribundos”. Entonces pensé que estabas ironizando, que eras una campeona para hacerlo. Pero no, no estabas ironizando. Me leíste un párrafo: “Las personas más bellas con las que me he encontrado son aquellas que han conocido la derrota, conocido el sufrimiento, conocido la lucha, conocido la pérdida, y han encontrado su forma de salir de las profundidades. Estas personas tienen una apreciación, una sensibilidad y una comprensión de la vida que los llena de compasión, humildad y una profunda inquietud amorosa. La gente bella no surge de la nada” y me preguntaste con la mirada ¿entendiste? Y luego me dijiste que mientras pudieras valerte por ti misma siempre querrías vivir, pero el día que tuvieras que depender de los demás, ese día te irías.

Sostenías que el mundo estaba necesitando un nuevo renacimiento y lamentabas que no estuvieras para verlo. Entonces andabas investigando vida y obra de Pietro Torrigiano, escultor fogoso, apasionado y violento que esparció el virus del Renacimiento por toda Europa. Contabas del ataque de ira que lo llevó a romperle la nariz a Michelangelo y le dejó ese apéndice aplastado notable en todos los retratos de Buonarotti.

Lo contabas vívidamente, como si lo hubieras presenciado y luego rompías el encanto del relato apuntando que eso lo contó Benvenuto Cellini, un genio, pero un tipo poco confiable. Esos fueron tus amigos en el fin de tus días. Todos los demás ya habían muerto. Peor que encontrar a quienes quieres en la página de los obituarios, es no encontrar a ninguno. Eso significa que eres el próximo, decías. Una se siente como el paracaidista que hace la fila para arrojarse al abismo, pero cuando ya no queda nadie adelante. Tan concentrada estabas en cultivar tus amistades renacentistas que a veces no querías recibir a nadie. En el remotísimo caso de que exista el más allá –bromeabas- espero encontrarme allí con los hombres y mujeres geniales del renacimiento, creo que me merezco un cielo así.

Te observo dormir plácida y me pregunto si tus sueños te habrán conducido a tu amada Florencia. Allí una vez me dijiste que querías llevarme a ver un espectáculo. Nos sentamos en la Galería de la Academia a contemplar al David. Permanecimos así, en silencio, un largo rato. Entonces la gigantesca escultura cobró vida. El colosal bloque de mármol estaba en movimiento. La mano izquierda se movía hacia la honda que cargaba en el hombro, la pose de la pierna izquierda, apenas quebrada, indicaba el swing que haría para arrojarle la piedra al gigantesco Goliath a quien se adivina a cierta distancia por la mirada de su contrincante y resulta increíble que haya esa mirada tan clara, tan serena y determinada en unos ojos de piedra. Al contemplarlo, el campeón de los filisteos debió haber previsto su fin. En la perfecta mano derecha de David, se adivina más que se ve, el proyectil que acabará con él. Pasamos tres horas contemplando el espectáculo. Cuando salimos me dijiste: imagínate lo que debe haber sentido Michelangelo cuando terminó la escultura, y se retiró unos pasos a contemplarla. Tenías lágrimas en los ojos, es que el genio de Buonarotti es abrumador -dijiste.

Logré vencer tus resistencias y llevarte al hospital para estudios. Tenías desde hacía días las manos hinchadas. El diagnóstico fue un tumor en el mediastino que dificultaba la circulación. La propuesta era una biopsia para identificar de qué tipo se trataba y programar un tratamiento, rayos y quimio. Lo conversamos. ¿A mi edad -te escandalizaste- perder el cabello, que me bombardeen con todo tipo de aparatos? Ni loca. En eso estábamos cuando hizo su aparición un cura. No le diste tiempo a que dijera nada. Oiga, señor -espetaste- parece ser que me queda poco tiempo y no estoy dispuesta a desperdiciarlo con sus tonterías. El tipo desapareció en el acto. La resolución fue darte la mejor calidad de vida para lo que te quedara sin intervenciones que no fueran paliar los dolores.

Al cabo de unos días, con los estudios realizados y las decisiones adoptadas, volviste a casa. Era una mañana espléndida, de esas de aire fino, transparente, fresca. Ibamos por Libertador hacia el sur. Estabas en silencio, mirando por la ventanilla el desfile de los árboles de Palermo. Me pregunté si estarías pensando que tal vez fuera la última vez que verías ese paisaje, o si estarías recordando cuando papá quiso enseñarte a jugar al golf. Le dijiste, parafraseando a Churchill, le debo mi excelente estado físico al deporte, jamás lo practiqué. Nos detuvimos en el semáforo de la Avenida Sarmiento. Un hombre se acercó a tu ventanilla y te saludó. Era un tipo grande, robusto, rubicundo, te dijo que tenía sida y te pidió una ayuda. Abriste la cartera sacaste un billete y se lo entregaste con una sonrisa. La luz cambió a verde, arrancamos. Mamá –te dije– ese tipo no tiene sida. ¿Ah no? –te sorprendiste– ¡qué suerte! Creo que hasta el día de hoy, mamá, no he terminado de digerir la lección.

Yo te había dedicado mi novela “El Relicario”, recién publicada. Nunca antes había dedicado una novela, lo hice porque sabía que era la última que leerías. Pero ya no tenías fuerzas para sostener el libro. Cada día iba a leerte. Vos me urgías, debemos terminar con la novela antes de que me termine yo.

Fue una mañana de otoño que te leí la última frase. Sonreíste y me palmeaste la mano como todo signo de aprobación, te quedaste dormida. El sol estaba poniéndose en tu ventana cuando regresé, esa tarde. Estabas despierta. Qué suerte que viniste quería despedirme -dijiste-. Ah, sí, ¿adónde vas? -quise saber – al otro barrio- respondiste y me miraste con tu mirada buena. Allí está mi herencia, dijiste señalando con mano temblorosa dos libros encima de la mesita. Me tomaste la mano con tu mano leve y la apretaste apenas -Sos un buen hijo -cerraste los ojos y ya no volviste a abrirlos. Tosiste débilmente un par de veces y tu pecho cesó de moverse. Sin soltarte la mano tomé los libros, las obras completas de Shakespeare de Aguilar, un tesoro.

Ahora que no estás en este mundo, madre, no estoy seguro de que esto haya sucedido exactamente así, pero así es como lo recuerdo. Firmabas todos tus libros en la página veintiuno, día de tu cumpleaños. Lo abrí para constatar que en ese también lo habías hecho. Allí estaba tu firma tan indescifrable como elegante. Mis ojos fueron directo al párrafo que dice: Fue a morir como quien ha ensayado su muerte y se desprende de lo que estima más como si de una fútil bagatela se tratara. Entonces solté tu mano y te dejé ir.

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Ernesto Mallo. Nací en La Plata en 1948, quizás “demasiado joven” y sin la debida preparación para enfrentar este mundo. A la edad de seis -creo- me vi forzado a abandonar mi educación para asistir a la escuela. Pero aquí estoy: novelista, guionista, dramaturgo, traductor y periodista, obtuve el Premio Memorial Silverio Cañada de la Semana Negra de Gijón con la novela “La Aguja en el Pajar”, primer finalista del premio Clarín de Novela (2007) publicada en España como “Crimen en el Barrio del Once”, primera entrega de la saga del Perro Lascano que consta de 5 novelas. Mi último trabajo es “La Ciudad de la Furia. Soy autor de 12 novelas y más de 20 obras de teatro y guiones para cine y TV. Vivo y trabajo en Barcelona y Buenos Aires.

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