2020, el año que todo cambió

0
41
2020,-el-ano-que-todo-cambio

Cuando todo parecía controlable y previsible, casi aburrido, llegó un virus que nos puso patas para arriba y lo cambió todo. La magnitud de las consecuencias recién se podrán apreciar dentro de un tiempo. Cada uno en su pequeño mundo sintió los efectos, la vida se dio vuelta, quizás ni siquiera era placentera, pero al desbaratarse empezamos a extrañar lo que antes dábamos por sentado. Perder la cotidianidad hizo olvidar las insatisfacciones, y se idealizaron situaciones de las que antes nos quejábamos. Durante meses sólo se permitió salir para comprar artículos esenciales o pasear al perro. “Hacer los mandados” se convirtió en una oportunidad, recuerdo salir a pasear la bolsa varias veces al día con la emoción de lo prohibido. Mi transgresión era ir a una rotisería que quedaba a quince cuadras, y no a cinco. Los perros salieron más que nunca, en las familias disputaban por sacarlos a orinar. Como infección, el COVID-19 estuvo lejos de lo que fue la peste negra, incluso de la poliomielitis, que afectaba a los niños y dejaba secuelas graves. Además, como sociedad estamos mucho mejor preparados, pero sin dudas significó un antes y un después.

Dice Yuval Harari: “El 10 de enero de 2020, los científicos no sólo habían aislado el virus responsable, sino que también habían secuenciado su genoma y publicado la información online. En unos pocos meses más, quedó claro qué medidas podían frenar y detener las cadenas de contagio. En menos de un año, ya se producían en masa varias vacunas eficaces. En la guerra entre humanos y patógenos, los humanos nunca hemos sido tan poderosos”.

A pesar de esta realidad, el impacto individual y social fue enorme, un verdadero apocalipsis no sólo en el sentido de final de una etapa, sino con el verdadero significado de la palabra griega: revelación.

Cada uno a su manera tuvo que hacer un duelo, y descubrió partes de sí que hasta el momento desconocía. Algunos las volvieron a mandar al fondo del baúl, pero otros las capitalizaron.

Todavía no podemos hacer un balance de los efectos, pero sin dudas repercutió en todos los sistemas. Se alteraron las relaciones a todos los niveles. Podríamos decir que bastó un virus, que en la mayoría de los casos no es mortal, para trastocarlo todo: la economía, los vínculos, los valores, las prioridades.

CONFINAMIENTO: ¿ ALIVIO O ANGUSTIA? Quizás ambas a la vez, solemos sentir emociones contradictorias y eso nos confunde, por eso hay quienes eligen expresar sólo una, aunque la otra flote en las sombras, apenas reconocida. Pocos se atrevieron a decir a viva voz que ese “parate” obligado les permitió hacer un descanso que no se hubieran permitido. Tener una justificación para abandonar una carrera que estaban perdiendo, o una oportunidad para dejar algo que de otra manera los hubiera abandonado a ellos.

ANGUSTIA. Todos en algún momento sentimos esa sensación de angostura en el pecho que nos ahoga y avisa que en eso que estamos transitando hay peligro de muerte, o quizás ya no haya vida. Los griegos la personificaron en la diosa Ezis, que también representaba la miseria y la tristeza. Era hija de la oscuridad y la sombra, y hermana de Tánatos (muerte) e Hipnos (sueño).

Hoy podemos teorizar con palabras científicas y abstractas sobre esta emoción, pero la imagen griega de estas divinidades emparentadas nos da un cuadro más representativo de la relación entre estos elementos (noche, oscuridad, muerte y sueño), parámetros que se han alterado en estos tiempos. Quiero hablar de la angustia desatada por la oscuridad, confusión e incertidumbre que vivimos todos en ese tiempo. La adjudicamos a los cambios, al miedo, a la peste, y sin dudas todo eso fue un potente disparador, pero hay más preguntas para hacerse, ¿fue la restricción o la libertad la que la sostuvo?

Las paradojas son parte de la vida y los opuestos conviven. Durante la pandemia, cada vez que elegíamos ver a otros, besar a hijos o nietos, estábamos decidiendo entre la vida o la posible muerte. Salir era exponerse a uno mismo y a los que queríamos. Las calles estaban desiertas, y cuando coincidíamos con algún otro conteníamos la respiración, o disimuladamente cruzábamos la acera. Hubo alejamiento de afectos cercanos. Abrazar a un abuelo podía significar condenarlo a muerte. Estos pequeños actos, que poco tiempo antes eran automáticos, se convirtieron en verdaderos ejercicios de libre albedrío, y por qué no decir, incluso, de libertad. Es una palabra grande, pero la decisión también lo era. Sentíamos que nos estábamos jugando la vida y la muerte propia o del otro. Poco se sabía del virus. En la televisión se veían escenas tremendas donde los chinos sacaban por la fuerza a las personas contagiadas y las encerraban.

Desconocíamos el alcance y la duración que todo eso tendría, cada país lo manejaba a su forma y según sus intereses políticos. Algunos negaron esta realidad, pero las muertes en esos países crecían de manera espantosa. Hoy, después de dos años de pandemia, cada tanto hay períodos de restricciones severas, nuevas olas amenazan con sobrepasar los sistemas de salud sin importar qué tan desarrollados estén. Esto sucede en todo el orbe.

En tiempos normales, los actos se convierten en rutina, no pensamos cada pequeña decisión, pero en tiempos de pandemia cada elección tenía peso. Estábamos condenados a elegir, y es ahí donde la libertad se volvió angustiante. Esta es una de las tantas paradojas de la vida. Nos maneja una ajenidad interna que desconocemos, de la que luego hablaremos, y al mismo tiempo estamos condenados a ser libres (Sartre), condenados a elegir. Se nos llena la boca hablando de libertad, pero al mismo tiempo la rehuimos: no queremos hacernos responsables, por eso seguimos pautas que vienen del afuera (gurúes, publicidad, políticos, youtubers) en vez de atrevernos a pensar y elegir por nosotros.

Cuando todo se suspende, cuando la cotidianidad se corta, deja de funcionar lo automático y nos vemos a obligados a pensar cada acto, todo se convierte en una elección, incluso el no hacer. Eso nos angustia, porque como decía Kierkegaard: “La angustia es el vértice de la libertad”.

CONCIENCIA DE MUERTE. Vivíamos en una sociedad que negaba la muerte. Que esta se presentara de pronto y en forma aleatoria nos trastocó por completo.

No se hablaba de otra cosa que de cantidad de muertos, en la televisión aparecían los números al final de cada día, un recuento siniestro que terminó por naturalizarse. Pero antes de convertirse en una simple estadística, se sintió como una posibilidad muy cercana, una posibilidad que nos asaltaba cada vez que escuchábamos que alguien cercano, vecino, o familiar murió de COVID.

No estábamos acostumbrados a hablar de enfermedad y muerte. Antes de la pandemia, salía a la luz principalmente cuando era producto de violencia y también cuando algún famoso moría. Nos sorprendíamos, como si se tratara de un hecho excepcional, lamentábamos que se llevara un pedazo de nuestra historia, y cada uno recordaba los momentos de su vida ligados a este personaje, incluso algunos reflexionaban sobre la futilidad de la fama y el dinero para protegerlo de la muerte. Pero esta consciencia duraba lo que la noticia, luego se volvía a una vida que, a juzgar por la falta de jerarquización en las prioridades, se creía eterna.

La mayoría situaba la muerte al final de la vida o en los que tenían la mala suerte de tener un accidente. Como si no fuera la única certeza que compartimos.

Creo que una de las razones por las que muchos de los occidentales importaron la creencia en la reencarnación fue porque, sin el consuelo del paraíso postmortem, necesitaron de otra creencia que prolongara su existencia.

Para los hindúes esta no es una expectativa, ellos quieren salir de la rueda del Samsara y alcanzar el nirvana. Lo mismo vale para los budistas, para los cuales la vida es pérdida, ya que hay cambio permanente; de ahí que las enseñanzas de Buda se basen en el desapego. Esa es una palabra que se ha puesto de moda en occidente, aunque no creo que tengamos muy claro qué significa.

En una oportunidad vi un video de India donde varios monjes trabajaban durante horas para crear un complejo mandala de arena. Cuando la tarea estuvo terminada, sonó un gong y otro monje armado con un gran cepillo barrió la obra.

La escena me produjo angustia, a pesar de todo lo leído y dicho sobre el desapego. Ver destruido el producto de tanto esfuerzo me conmocionó.

En occidente queremos dejar huella, sea a través de los hijos o de nuestras obras. Para mí, escribir es la forma de desafiar el tiempo. Aunque sé que las editoriales se deshacen de los sobrantes no vendidos, siempre queda la ilusión de permanecer en algún estante de biblioteca. Sé que es imposible dejar huella, porque todo está en movimiento, todo desaparecerá, pero es un saber teórico. Cuando lo siento de verdad, me angustia.

Esos monjes que con tanta paciencia hacían el mandala de arena tenían claro que lo importante es hacer; el disfrute y el aprendizaje está en el proceso: “lo importante es el viaje, no la llegada”. A esa tarea minuciosa le dedicaban toda su atención, una auténtica práctica meditativa, una forma de entrenar el esfuerzo sin resultado. Saben que, aunque no sea un cepillo, siempre puede aparecer alguna fatalidad que nos arrebate lo construido.

Asimismo, en China existe el I Ching, denominado libro de las mutaciones, que hace imposible no considerar el cambio.

Nosotros, los occidentales, apostamos a lo eterno, con ayuda de la ciencia pretendemos engañar los años y extender la vida. El problema es que al creernos eternos dejamos que el tiempo se esfume frente a pantallas de todo tipo, postergando decisiones y oportunidades como si siempre hubiera un futuro esperándonos.

La manera de encarar la vida está íntimamente relacionada con la forma en que concebimos la muerte, y cuando ella es negada, se desperdicia el tiempo y no se jerarquizan las prioridades.

Durante la pandemia, la muerte se convirtió en una posibilidad concreta. Algunos despertaron y reacomodaron sus prioridades, otros se encerraron, dispuestos a no salir hasta que llegara la vacuna. La única muerte que consideraban era la física, quizás olvidaron las palabras de Eladia Blazquez: “No, permanecer y transcurrir / No es perdurar, no es existir, ni honrar la vida”.

No se trataba de infringir la ley, sino de encontrar la vida en otro sitio: la casa. Hubo quienes, por temor, terminaron muriendo. Muchos se resguardaron, escondiéndose en sus casas, y eso derivó en que murieran a causa de otras patologías, por negarse a ir a un hospital.

También están los que tacharon el año del calendario y aún esperan retomar la vida cuando vuelva la normalidad, la “antigua”, la que ellos tenían. Nostálgicos, recuerdan reuniones con amigos que ni siquiera eran tan cálidas como las evocan, o salidas que, a la distancia, parecen maravillosas. La realidad es que no hay vuelta atrás, la pandemia nos cambió, independientemente de habernos contagiado o no. Ya nada volverá a ser como antes. La sensación de peligro se fue colando subrepticiamente en nuestras vidas, y aparece cada tanto cuando alguien estornuda o nos llega el aliento de quien lanzó una despreocupada carcajada. En más de una oportunidad me sorprendí al ver alguna película donde la gente compartía el pico de una botella, se abrazaban o no guardaban distancia social.

Por último, estuvieron los que, además de la muerte, ignoraron al COVID, lo consideraron un invento y se expusieron no sólo ellos, sino a quienes los rodeaban.

La angustia que provoca la muerte no siempre se puede o se sabe sobrellevar. No es fácil aceptar ese acontecer que no deja huellas porque no hay ningún terreno donde asentarlas: el universo también cambia.

Kay Ryan lo dice en su poesía: “Las cosas no deberían ser tan duras / la vida debería dejar huellas profundas / surcos donde ella iba y volvía. (…) / El peso de una vida / debería notarse / debería causar erosión / y cuando esa vida se interrumpe / algún lugar, / aunque sea pequeño, / debería quedar marcado”.

Con el tiempo volvieron las reuniones, incluso las manifestaciones de protesta social, pero el riesgo de contagio persistió, la amenaza coló en la realidad de casi todo el mundo, seguimos atentos a la aparición de una nueva cepa disparando una ola de contagios. Esta incertidumbre sumió a muchos en la depresión y la ansiedad.

Las consultas por estos temas estallaron los teléfonos de los profesionales de la salud mental. Afortunadamente, la mayor parte de las veces es posible evacuarlas de manera online. El síndrome de la cueva (sentir el encierro como una protección) es más común de lo que se piensa. Para algunos la apertura supone un descontrol que los atemoriza, la agorafobia (temor a los espacios abiertos) aumentó en forma considerable.

Algunos necesitan ayuda para retomar la vida, que, por cierto, no es como esperaban. Habrá que vivirla como se presenta, porque el costo de no hacerlo es demasiado caro, y no hablo de lo económico: el tiempo es el único recurso no renovable.

Muchos son los que lo entendieron así y ampliaron su concepto de “vida”, trataron de experimentar caminos nuevos que sin el virus jamás hubieran transitado. La conciencia de finitud les hizo valorar cosas y momentos que antes le resultaban obvios. “Desde que descubrió —pero lo descubrió realmente con espanto– que iba a morir un día, desde entonces no tuvo más miedo a la vida, y a causa de la muerte, tenía derechos totales: lo arriesgaba todo”, Clarice Lispector.

VIVIR AUTÉNTICAMENTE. Vivir y sobrevivir son cosas diferentes. Vivir implica un riesgo, y jerarquizar lo que hacemos es fundamental. Quizás por eso en esta pandemia Heidegger se me hizo tan presente. Este filósofo redefine el “ser” del hombre. Para él no se trata de una esencia inmutable, sino de un “ser ahí”, expresión con la que señala su permanente cambio, un ser que se va modificando a medida que vive. Quizás se pregunten por qué traigo este concepto aparentemente tan específico de la filosofía. Lo hago porque da cuenta de la condición fundamental de la existencia: si estamos realmente vivos, nos modificamos. Claro que hay muchos que intentan permanecer igual, y la técnica les brindó esa opción, tanto por fuera (cuerpo) como por dentro (ofreciendo distracciones para no asumir la angustia).

Probablemente la única diferencia que reconozcan aquellos que se aferran al no cambio sea un lento palidecer de sus sentires, y a eso lo llaman edad, o experiencia, cuando en realidad es cristalización: como todo resulta repetido, quien tiene experiencia ya lo sabe, lo ha automatizado.

Estar auténticamente vivo, tal como lo plantea Heidegger, implica enfrentar permanentemente situaciones nuevas. Todo es por primera vez porque todo es nuevo si lo sabemos ver. Y sin duda la llegada del COVID inició esta primera vez aún para los más resistentes, aquellos que vivían aferrados a lo conocido.

Para mí uno de los fragmentos que mejor expresa esta impermanencia es este pasaje, también de Clarice Lispector: “Estoy intentando captar la cuarta dimensión del instante ya que de tan fugitivo no existe porque se ha convertido en un nuevo instante. Quiero apoderarme del ‘es’ de las cosas. Esos instantes que transcurren en el aire que respiro, como fuegos artificiales estallan mudos en el espacio. Quiero poseer los átomos del tiempo y quiero capturar el presente que, por su naturaleza, me está prohibido, se me escapa, la actualidad huye, la actualidad soy yo siempre presente”. (Agua Viva).

El peso o la levedad, planteaba Kundera en “La Insoportable levedad del ser”. Sin dudas, Occidente eligió la pesadez, aquello que dura para siempre. Son las nuevas generaciones quienes se dieron cuenta de que esto no es posible.

En Japón se valora lo perecedero: tienen un día para ver florecer el cerezo, que tiene una flor efímera. Nosotros, en cambio, nos educamos con valores eternos y pretendemos cosas de por vida. El sistema de consumo y la contaminación se propagó también en ese lado del globo, pero sin duda su mentalidad les permite reconstruirse después de un terremoto, bomba o cualquier otro desastre, que por cierto han tenido muchos.

Con la ayuda de los medios, la muerte volvió a ser una especie de inventario que se hace cada día y se volvió a mandar al inconsciente, recobrando su puesto al final de una vida que se imagina eterna. No son pocos los que lograron recuperar su omnipotencia. Esto se ve generalmente en los jóvenes, lo cual abrió una brecha etaria que dividió a la sociedad.

LA EDAD: BRECHA ETARIA. Los mayores de pronto descubrimos que, más allá de las dietas saludables, la gimnasia y el entusiasmo que ponemos en la vida, no dejamos de ser adultos mayores. Esta denominación, al menos a mí, me cayó muy mal. Siempre me rebelé contra las etiquetas,me parecen discriminatorias. ¿Qué es eso de diferenciar a las personas por edades? Sin embargo, el virus llegó para decirnos que no somos todos iguales, que para algunos los riesgos son mayores que para otros.

Estoy convencida de que la juventud no es un valor, sino una etapa y no precisamente la más plena, me han escuchado decir en videos y artículos que la plenitud se alcanza en los años dorados de la madurez. Sin embargo, estar incluida entre la población vulnerable me produjo un cimbronazo. Esa muerte en la que a menudo pensaba como posibilidad teórica nunca la había terminado de sentir como algo real.

Mi buena salud y el compromiso activo que tengo con mi cuerpo me hicieron creer que la edad era una imagen interna con la que me identificaba y la mía era fuerte y saludable. Hablo de esa nueva generación de adultos que estaba surgiendo y posteaba por internet una nueva identidad, muy diferente de la clásica “tercera edad”. De repente la agilidad, los proyectos y la ropa deportiva no nos salvaban de este virus que encontraba mejores receptores en nuestros órganos que en los de los jóvenes. En ese momento, a poco de haber perdido a mi marido después de una larga enfermedad, tomé la libreta que tengo al lado de mi cama (yo la llamo “logodiario”, porque en ella anoto vivencias, reflexiones y los “darme cuenta” que me dejó el día) y escribí: “La muerte como imposibilidad de todas las posibilidades es una definición perfecta con la que jugué hasta la reflexión, pero cuando por las hendijas se filtran sentires mudos que se adhieren al cuerpo y cortan el aliento, esta dejó de ser teoría, y su espera demorada y sin escalas resulta insoportable”. Para poder soltar esa sensación cada uno apeló a lo que pudo: series televisivas, largas conversaciones telefónicas, gimnasia por Zoom, pero la semilla de la vulnerabilidad continuaba ahí. A algunos los sumió en la depresión y a otros en una revalorización real de la vida.

LA ECONOMÍA. El otro gran cambio que trajo el virus fue en la economía. Si bien hemos pasado por muchas crisis económicas, ninguna antes logró poner patas para arriba todos nuestros presupuestos y sumergirnos en una incertidumbre desde la que fuera imposible proyectar. Cambiaron las formas de trabajo, algunos rubros tendieron a desaparecer y otros están emergiendo más pujantes. La pandemia es un punto bisagra que marca un antes y un después, como ocurrió con la revolución industrial, sólo que este cambio se precipitó en muy corto tiempo sin dar posibilidad de reestructuración.

Lejos estoy de poder hacer un análisis económico, pero caminar por la calle sin gente, ver los negocios vacíos o cerrados, dio la sensación de una ciudad fantasma, y como dice Cacho Castaña en Septiembre de 1988: “Si vieras que triste está la Argentina, tiene la mirada de los caminantes que ya no caminan. Se mueren de pena por tanta mentira, de tanta promesa por nadie cumplida… La gente se escapa, pero no hay salida y hasta los gorriones, de tanta tristeza, se fueron de gira”.

La diferencia con la canción de entonces es que esta crisis no es sólo nuestra. Caen las bolsas de todo el mundo y aún los países que no hicieron cuarentenas estrictas resintieron su economía. La canción que Cacho creó en 1988 nunca dejó de estar vigente, y llegó a volverse un hit en el 2001. Los argentinos siempre estamos atravesando alguna crisis y, si queremos mirarlo desde el lado positivo, podríamos decir que eso nos ha dado flexibilidad y resiliencia, pero sin dudas es algo que nos compete y tenemos que resolver.

La pandemia es un punto bisagra que marca un antes y un después, como la revolución industrial.

Cada partido le adjudica este problema a la oposición. Lo que yo veo es que siempre estuvimos gobernados por argentinos, herederos culturales del viejo Vizcacha que tan bien pintara Hernández en el Martín Fierro.

Tal vez lo novedoso de esta crisis es que los aeropuertos cerraron, no sólo por razones sanitarias: el mundo entero cerró, los problemas de migración se tornaron gravísimos. Los hilos invisibles manejados por la Matrix sostenían zanahorias de todo tipo. En Argentina los emprendimientos se ponían de moda y luego se fundían, así sucedió con las pistas de patinaje sobre hielo, los ciber centros, los lavaderos automáticos, los kioscos de diario, las canchas de paddle, y no recuerdo cuántas cosas más. Nunca comprendí el mundo de los negocios, quizás el que surgieran masivamente resultaba demasiada competencia, o es que las costumbres cambiaban demasiado rápido. Después de que se levantaron las restricciones, muchos fueron los negocios que no volvieron a levantar sus persianas, pero de a poco el barrio está renaciendo. Mientras escribo esto, el furor son las dietéticas, en mi manzana hay cuatro. Donde se fundió un negocio de ropa, aparece uno con nueces, comida celíaca o pan sin harina. El trabajo online en algunos casos llegó para quedarse. Son muchos los que piensan en mudarse lejos de la capital para tener una vida más tranquila, el home office evita largas horas de viaje. Esta modalidad hogareña afectó también el negocio de indumentaria, en el que han bajado las ventas, porque ya no se necesita ropa “para ir a la oficina”. Además, toda esta actividad entre los muros del hogar repercute en el funcionamiento familiar.

Me pregunto si será posible vivir fuera de la Matrix. Comercialmente está claro que no, pero en nuestras vidas privadas podemos encontrar nuestro eje.

El COVID dio el primer paso sacándonos de nuestra zona de comodidad. Nos afectó a todos de distintas maneras. Nadie seguirá igual, aunque las características de estos cambios dependerá de cada persona. Todavía no sabemos por cuánto tiempo seguirá habiendo cambios. (…)

Algunos creen que este es un punto de inflexión a partir del cual comenzará una sociedad más solidaria, que dé menos importancia a lo material. Otros piensan que la angustia y la adversidad provocarán más egoísmo, y que luego de las restricciones habrá más descontrol, como ha ocurrido en otras pandemias. En lo particular, creo que se darán ambas opciones y sólo las generaciones futuras estarán en condiciones de hacer balance, aunque este también sea subjetivo. Hay quienes creen que el mundo es cada día peor, y otros abonamos la idea de progreso: los derechos humanos y animales en otro tiempo hubieran sido impensables. En cuanto a la pandemia, creo que por el momento cada uno puede analizar su propio cambio. Somos seres interconectados que influimos en nuestro entorno y, por lo tanto, tenemos responsabilidad por lo que hacemos.

LA NOCIÓN DE TIEMPO. Aparecieron cambios en nuestra noción del tiempo. Al cortarse las rutinas, quedamos en una pausa en la que el tiempo se disolvió. (…)

Hay filósofos que ya venían hablando de la muerte del tiempo desde mucho antes de este acontecimiento. Sergio Fuster afirmaba que el tiempo y el sujeto habían muerto. Si, como decía Kant, este es una función de la mente para ordenar sucesos, en el siglo XXI, con una tecnología que nos permite estar en varios lugares al mismo tiempo, acceder a algo ocurrido en otro momento y hacerlo presente cuando queramos, sin necesidad de jerarquizar y elegir, podemos decir que el tiempo murió. Byung Chul Han dice: “el tiempo se atomizó, por eso tenemos la sensación de que todo pasa más rápido aunque las horas sean más largas. La dispersión temporal no permite experimentar ningún tipo de duración.

*Por Graciela Moreschi. médica psoquiatra. Miembro de APSA (Asociación de Psiquiatras Argentinos) y supervisora del equipo de interconsulta del Servicio de Salud Mental del Hospital Rivadavia. Fue asesora y columnista de diversos programas periodísticos en televisión. Su último libro es “Huellas de la pandemia en el ADN del alma” .

por Graciela Moreschi*

Galería de imágenes