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Adiós al Mundial de básquetbol: las causas que explican el mazazo, las lecciones a aprender y el camino a seguir

¿Y si hubiera entrado el triple que lanzó el puertorriqueño José Juan Barea justo antes de la chicharra final? ¿Y si ese tiro no tan forzado hubiera dado vuelta el resultado y Argentina hubiera perdido 82-81 con Puerto Rico la semifinal del Preolímpico 2011 y el pasaje directo a Londres 2012? Nada de delirio en el Polideportivo Islas Malvinas. Nada de Ginóbili, Nocioni, Scola y compañía marchando en trencito al ritmo de “Auto rojo”, de Vilma Palma e Vampiros, como se escuchó tras la conferencia triunfal. Todos se hubieran ido derechito al hotel, evitando el frío del Mar Argentino. Con una tristeza enorme, pensando en los repechajes que darían las últimas tres plazas para los Juegos Olímpicos de hace 11 años.

Aquel triple de Barea no entró. La pelota pegó entre el tablero y el aro y salió. Y Argentina se clasificó a Londres 2012, de donde la Generación Dorada se iría a pura lágrima tras la derrota ante Rusia en el partido por el bronce. La historia quiso que Mar del Plata fuera sede esta vez de una novela muy similar a la vivida en 2011. Y el domingo terminó con un golpazo histórico, uno de los más fuertes que haya recibido jamás el básquetbol masculino argentino: derrota ante República Dominicana luego de ir ganando por 17 puntos a 2m25 del final del tercer cuarto y adiós al Mundial de este año en Filipinas, Indonesia y Japón.

Sí, los subcampeones mundiales en China 2019, ya sin Luis Scola, pasaron en cuatro años de ser protagonistas de una de las mayores hazañas del deporte nacional a ver la próxima Copa del Mundo desde sus casas. Lo dijo el mismo entrenador, Pablo Prigioni, bronce olímpico en Beijing 2008: “Es un golpe durísimo y va a doler mucho mirarlo por televisión”. Si es que lo verán…

La adrenalina aún fluye por el cuerpo de los fanáticos del básquetbol, demolidos anímicamente por un resultado deportivo que duele. Claro que duele, porque esto es Argentina y a veces se siente peor una desazón de un equipo que el desmadre económico o la falta de respeto de los políticos electos que no cumplen sus promesas. Quizás sea porque en una Selección se confía a ciegas, sin más banderas que la fe, el apoyo incondicional y la retribución en la cancha. Y la Selección Nacional de básquetbol endulzó tanto desde 2001, con resultados y valores entregados, que esta amargura no se puede tragar con facilidad.

Ahora bien, vale hacer el esfuerzo de enfriar la temperatura, evaluar los porqués y reflexionar sobre cómo salir de este mazazo histórico. Porque no lograr una de las siete plazas para América en el Mundial, un objetivo a todas luces lógico, es decididamente un fracaso deportivo. No es cuestión de vida o muerte, claro.

Facundo Campazzo se lamenta la no clasificación al Mundial, en Mar del Plata. Foto AFP

Cuando Marko Jaric evitó con falta que Hugo Sconochini anotara la bandeja ganadora ante Yugoslavia en la final del Mundial de Indianápolis 2002 y los árbitros Pitsilkas y Mercedes se “tragaron el pito” consumando “el robo del siglo”, todos los análisis primarios se centraron en ese foco “delictivo”. Con el tiempo, Pepe Sánchez reflexionó: “Perdimos porque nunca habíamos estado en esa situación”. Lucas Victoriano dijo: “En el torneo habremos cometido cuatro errores y los cuatro fueron en los últimos minutos contra Yugoslavia”. Y Fabricio Oberto agregó: “Estábamos ocho puntos arriba y no supimos cerrarlo”. Sí, hubo falta de Jaric, pero imposible olvidar que Argentina ganaba 74-66 a 2m17 del cierre.

Las comparaciones son odiosas e injustas, pero es inevitable recordar 2002 cuando el domingo en Mar del Plata la Selección se floreaba y ganaba 61-44 a 2m25 del final del tercer cuarto. Entonces sucedió la hecatombe: cuatro pérdidas consecutivas y diez puntos seguidos de los dominicanos. Y un último cuarto perdido por 25-11, con 3-8 dobles, 0-5 triples, cinco pérdidas de balón y la defensa abandonada.

Aún en plena bronca y lamento, Facundo Campazzo fue clarísimo: “Hay que darle mérito a Dominicana, que hizo un partidazo. Nos supieron defender bien y nosotros no pudimos sacar ventaja e hicimos un juego muy evidente”. Autocrítica pura. Nada de sarasa.

Puede parecer increíble, pero es real: Argentina se quedó sin su décimo Mundial consecutivo porque fue el peor cuarto de ambos grupos finales, ya que Brasil le ganó por mejor diferencia de tantos (175 a 79). Todo lo que podía salir mal en cuanto a combinación de resultados salió mal. Por ejemplo, que el jueves Puerto Rico le ganara 92-90 en la última posesión a Brasil como visitante. Y, sobre todo, que Venezuela venciera a Argentina en Obras, el 25 de febrero de 2022, por 71-58. Un resultado a la postre decisivo, porque en Caracas la Selección ganó apenas por tres tantos y los venezolanos quedaron con mejor diferencia para desempardar el empate en el grupo final.

Un análisis amargo

Gabriel Deck no lo puede creer, mientras los dominicanos levantan en andas al técnico Néstor García. Foto AFP

Claro que no se pueden buscar los porqués de este sueño trunco solamente en el partido decisivo ante República Dominicana. El sistema de Eliminatorias por “ventanas” que diseñó la FIBA con el argumento de los seleccionados jueguen en sus países, embolsen recaudaciones y reciban el aliento de su público complicó a los países que tienen a sus mejores jugadores en la NBA y en la Euroliga. Que lo diga Serbia, que este lunes se jugará la clasificación al Mundial en el último partido.

Se puede decir que todos lo sabían de antemano. Lógico, pero no es lo mismo un equipo con mucho recambio que esta Argentina que se resiente si no juegan Campazzo, Laprovíttola ni Vildoza en el perímetro y que no supo jamás cómo subsanar esa carencia histórica que se haría evidente tras la Generación Dorada: la falta de altura y de oficio en la zona pintada.

Puede ser pintoresco y hermoso para los flyers de redes sociales admirar el cruce del Atlántico de parte de Deck y Laprovíttola para venir con urgencia a jugar con la celeste y blanca. Pero es una demencia desde el punto de vista físico, porque los husos horarios no son joda y el descanso es vital en el cuerpo de un atleta de alto rendimiento.

Claro que es elogiable el orgullo por vestir la camiseta a costa del desgaste, pero lo hace cada uno de los deportistas argentinos que la reman en el día a día a puro amateurismo y nadie habla de ellos como si fueran San Martín o Belgrano.

El mundo del básquetbol no critica a estos jugadores ni al cuerpo técnico. Los aplaudió y les pidió autógrafos y fotos en Mar del Plata aún en la derrota más lastimosa. No hay caza de brujas. Y encima Campazzo -¡¡Campazzo!!- pide perdón. Por favor… Lástima a nadie.

El futuro ya llegó

El planrel de la Selección argentina de básquetbol, en Mar del Plata. Foto EFE

Esta generación de subcampeones mundiales y campeones de América en Brasil no solamente vive este calvario deportivo sino que la tendrá complicadísima para clasificarse a París 2024. Es que para ser olímpicos de nuevo deberá competir en esa “masacre” que serán los repechajes por los cuatro lugares que no otorgue el Mundial.

El básquetbol argentino ha sufrido un mazazo. No hay duda. Pero no por eso se paraliza el deporte ni los pibes y las pibas dejarán de picar la naranja en los clubes, al cabo los grandes responsables de formar incipientes atletas.

En todo caso, se impone que este golpe histórico debe generar consecuencias. Un sacudón.

Una revolución interna en la organización federativa, avalada por las asociaciones provinciales que la constituyen pero enfrentada de cuajo con los jugadores históricos del país.

Y una reflexión profunda sobre la calidad de la competencia local, porque la Liga Nacional está devaluada no sólo por el contexto económico sino por tener menos pantalla, contar con menos portentos deportivos, padecer un desmadre de horarios y un desaguisado con las estadísticas, mostrar falta de interés en generar comunicación y contenido aggiornado a esta era y verse claramente la dificultad para que de ella, como quiso León Najnudel, florezcan quienes puedan ir a la Selección.

El futuro ya llegó… de la peor manera. Pero la rueda sigue. El deporte siempre da revancha. Pero a esa revancha hay que ir a buscarla con voluntad, ideas, carácter y atrevimiento.

HS

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