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Los temibles off the record en el Gobierno y los días de ira de Sergio Massa

A veces es sencillo: el periodista llama y la fuente -un ministro, un funcionario de segunda línea, un vocero o hasta un presidente- responde rápido. Otras veces lleva días. Hay que hacer guardia o transitar despachos hasta que se produzca el encuentro. También existen citas que se concretan de manera curiosa. El periodista insiste con mensajes al teléfono del funcionario y no recibe respuesta hasta que, de repente, el celular suena, pero el que llama o escribe no es el funcionario sino su secretaria. “Vos te querías comunicar con…”. En general, se acuerda una hora para un llamado telefónico o un lugar para la conversación cara a cara. Todo esto ocurre cuando el periodista y una fuente pactan un diálogo off the record, una vieja práctica del periodismo que consiste en que una de las partes confía información sensible y, a cambio, la otra parte se compromete a publicarla con la reserva del informante.

Es cierto que el recurso por momentos se vuelve demasiado laxo y que el periodismo abusa de él. En Estados Unidos, cuando un columnista obtiene información delicada, los grandes diarios ponen detrás un equipo de investigación para verificar con otras fuentes que la versión sea verídica. En la Argentina, la política se mueve mucho al compás del off (algunos dirigentes no conocen otro modo de comunicación), en especial cuando se atraviesan tiempos de crisis y la tensión entre los protagonistas del poder se profundiza.

“Si querés hablamos, pero solo en off, suelen anteponer los dirigentes. En los peores momentos de la embestida del kirchnerismo contra los medios, por ejemplo durante la discusión de la Ley de Medios, en 2009, los funcionarios kirchneristas que accedían a hablar con periodistas críticos preferían hacerlo en hoteles o en bares alejados del microcentro; en algunos casos, incluso, en restaurantes del Conurbano, en el que se sentaba de espaldas a las ventanas y con celulares fuera de la mesa. Hay quienes mantienen esos cuidados hasta hoy, por miedo a que los espíen.

El off permitió descubrir las feroces peleas que se desataron entre Alberto Fernández y Cristina Kirchner en el inicio mismo de la gestión y que muchos querían ocultar, incluido un sector del propio periodismo. Las cartas que más tarde publicó la vicepresidenta y las amenazas de La Cámpora de dejar el Gobierno pusieron fin a la era de la indulgencia y dieron cuenta de que, en verdad, lo que se había publicado hasta entonces era poco al lado del dramatismo que desnudaban las presentaciones de la vicepresidenta y las de su grupo político.

El gobierno quedó marcado por los off. Una filtración hizo que Fernández echara a uno de sus ministros más queridos, Matías Kulfas. Martín Guzmán decía que lo operaban en contra del acuerdo con el FMI. Solo por citar dos casos, entre decenas. Cristina desprecia los off, como antes los despreciaba Néstor Kirchner. Pero ninguno pudo combatirlos: hasta La Cámpora los utiliza. Oscar Parrilli contó hace más de 15 años que Kirchner quiso prohibirlos. No fue el único que tuvo esa fantasía. Ocurrió también durante la presidencia de Mauricio Macri y se repitió tras la llegada de Gabriela Cerruti como portavoz de Alberto, que pidió clausurarlos, acaso olvidando parte del contenido de sus propios libros. Tarea imposible para todos. Son contados con los dedos de una mano los políticos que no se ven seducidos por el off.

Sergio Massa atravesó unos días de ira, los más difíciles desde que juró como ministro de Economía, y lo ocasionaron, casualmente, varias filtraciones fuera de micrófono. Según él, de funcionarios albertistas que buscan condicionar su gestión y apartarlo de la carrera presidencial. Esa ira irrumpió el domingo pasado, cuando leyó los diarios y creyó adivinar la mano de enemigos internos en las columnas de opinión. El más aludido, aunque no el único, fue Antonio Aracre, el asesor presidencial que promueve un desdoblamiento cambiario. Massa asegura que eso altera los ya alterados mercados y que conspiran con su hoja de ruta.

El mismo domingo, Massa leyó las críticas que Martín Guzmán, su antecesor, le hizo en Página 12. “Lo mandó Alberto”, conjeturaron cerca del ministro. Guzmán lanzó una dura advertencia: dijo que parte de las nuevas medidas de Massa provocarán que suba más la inflación. La entrevista llegó justo en el mismo momento en que algunos hombres enrolados en el albertismo se atreven a plantear: “Al final con Guzmán nos iba mejor”. ¿Sabrá Massa que Alberto Fernández sigue consultando al economista? Es posible.

Llamó al Presidente y le hizo varios reproches, dicen que en un tono más que elevado. Le recordó que él se hizo cargo del Palacio de Hacienda en la fase más preocupante de la crisis. “Me están operando. Me banco los tiros de afuera, pero no los propios”, le dijo. Hay quienes aseguran que deslizó la posibilidad de irse. La conversación, con distintas palabras pero con un espíritu similar, se publicó en varios medios. Las versiones salieron del entorno massista. Se ve que hay off buenos y hay off malos, ironizaron en el ala albertista.

El ministro de Economía ve fantasmas por todos lados. Se estremece cuando se habla de devaluación. Le prometió a Cristina que no iba a suceder, por lo menos no de manera brusca. Su alianza con ella, aunque no está en el mejor momento porque las metas inflacionarias están lejos de cumplirse, es la que le permite seguir ilusionado con pelear las elecciones presidenciales. “Ya dije 200 veces que la función de ministro es incompatible con la de candidato”, afirmó ayer en el programa Sábado Tempranísimo, en radio Mitre.

Esa definición, recurrente en él, tiene lógica con una especulación que hacían en ambientes cristinistas hasta hace poco: contaban que el plan era tranquilizar la economía, empezar a bajar la inflación y que, una vez que eso sucediera, Massa presentaría la renuncia para subirse a la candidatura, ya sin amarres.

El salto de la inflación en febrero al 6,6% y la probabilidad de que en marzo la cifra siga batiendo récords (la interanual volvería a ser la más alta en 32 años) enfrió la iniciativa. Ahora se habla de que los tiempos se trasladaron a abril o mayo. La suba de precios se suma a la escasez de dólares en el Banco Central, y a la angustia por la sequía, que se explicita en la desesperada maniobra para que los organismos públicos se desprendan de bonos en dólares de bonos, incluida la sensible caja de la ANSeS.

Los días de bronca de Massa tuvieron que ver también con los pasos de Daniel Scioli y la instalación de su candidatura presidencial. Scioli es la figura política que Massa más detesta, podría decirse incluso que por encima de la de Macri. Scioli mantiene una agenda paralela a la de embajador en Brasil, se pasea por los canales, y hasta -como reveló Clarín el domingo pasado- organiza asados para recibir al Presidente. Como si fuera poco, trascendió que Scioli asegura que le resultará más fácil ser presidente en 2023 que en 2019.

En el Palacio de Hacienda las paredes tiemblan. “No hablen más de mi candidatura”, bajó línea Massa. Varios de sus funcionarios están cuestionados. Matías Tombolini es uno de ellos. Mejor no repetir lo que dicen los cristinistas de él. No falta mucho para que los camporistas se lancen sobre el secretario de Comercio. Otro que comienza a estar en la liga de los cuestionados es Antoni Gutiérrez-Rubí, el estratega de campaña. “Nos habla de rating, de métricas y de concentrarnos en la gestión. ¿Sabrá que estamos al borde del precipicio?”, lo cuestionan.

Cristina abre el paraguas y le vuelve a dar juego a “Wado” De Pedro y al gobernador de Chaco, Jorge Capitanich, mientras La Cámpora arremete en público contra los deseos reeleccionistas de Alberto Fernández. Máximo Kirchner logró meter en la discusión que Axel Kicillof está pensando “en la propia” y que no debería ser tan egoísta de descartar su posible salto para pelear las presidenciales.

Kicillof, que esta semana volvió a estar reunido con Cristina, dijo en la intimidad: “Si quieren que sea candidato a presidente, voy a ir. No estoy atado a ningún sillón”. Su jefa, duda. Kicillof hoy le estaría garantizando continuidad en el principal distrito del país. Aunque Javier Milei no tiene por ahora candidato a la gobernación, la sola boleta podría arrastrar votos que en la contienda de 2021 fueron para Juntos para el Cambio.

En la oposición siguen las turbulencias. Se habló toda la semana de la reunión Macri-Rodríguez Larreta. Ocurrió el viernes en el Tenis Club Argentino. Hablaron 55 minutos. Hubo un avance. El jefe de Gobierno asumió que el PRO no puede ir con más de un candidato en la interna con el radical Martín Lousteau. Dejó abierta la puerta para terminar apoyando a Jorge Macri, el delfín del ex presidente, aunque admitió que tiene un problema con Lousteau, con quien -a la vez- no para de sacarse fotos. “Yo no estoy para negociar”, avisó Macri. El alcalde pidió tiempo.

Pero el tiempo, como bien se sabe, vuela. 

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